El tendedero (a secas)

20/9/07

¡¡VAYA PAR!!

Ayer estuve en el concierto que dieron Sabina y Serrat en el Palacio de los Deportes y fue MAGNÍFICO. Empezó con un simulacro de suspensión servido en las pantallas de la sala a cargo de un Iñaki Gabilondo perplejo que comentaba la noticia en el telediario de “Cuatro”. Pero la broma nadie se la creyó y además, duro poco; enseguida salieron los dos “pájaros” al escenario sembrando canas y derrochando genialidad. Imparables e inagotables, lo de estos dos fue pura seducción. Sus míticas canciones sonaron espléndidas envueltas en la calidad del acompañamiento musical, los coros y el equipo de sonido, y conquistaron al público desde el primer momento. Casi tres horas nos tuvieron a todos con la piel de gallina y la lagrimilla en el ojo.

Aunque a veces se cedieron la pista el uno al otro, lo cierto es que “dos no es igual que uno más uno” y el concierto no lo dieron Serrat y Sabina, sino un ente extraño formado por ambos, hecho a partes iguales de creatividad, vagabundaje y genuina socarronería de ésa que sólo se gastan quienes han sabido tener una vida larga e intensa. Serrat y Sabina, Sabina y Serrat. El uno cantó canciones del otro y el otro del uno, y todas sonaron increíblemente bien en la voz de cualquiera de los dos. También cantaron canciones juntos, y entre estas, “Mediterráneo”, “¿Quien me ha robado el mes de Abril?” y “El pirata cojo” fueron verdaderas apoteosis de entrega y emoción. El aire temblaba. Con Sabina he crecido y sus canciones componen buena parte de la banda sonora de mi vida, mientras que a Serrat lo he recibido como herencia de una generación anterior. Sea como fuere, el caso es que sólo por llegar al fondo de las canciones de ambos merece la pena hablar y entender el castellano.

Sólo una pequeña crítica, una desilusión breve; que ninguno de ellos recogiera el pañuelo con los colores de la bandera republicana que alguien les lanzó desde el público y que fue rápidamente retirada por el personal de apoyo. Por lo demás, que lo es todo, una noche memorable que contaré a mis nietos cuando los tenga. Estos días acababa de llegar de una larga estancia fuera de mi ciudad y aún andaba flotando en una nube, preso de la nostalgia (“síndrome post-vacacional” que llaman algunos). Con un recibimiento como el de ayer, sin embargo, sólo me resta decir que a veces, lo mejor de los viajes es el regreso.